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«El espacio entre los mundos»

  • Compartimos un nuevo relato de Adriana Nash, mujer autista que ha encontrado en la escritura su forma de expresar cómo vive el mundo y siente las emociones.

La habitación de la residencia olía a un detergente cítrico que a ella le hería la nariz, un aroma demasiado afilado para ser amable. Las sábanas tenían esa textura rígida, llena de pequeñas fibras que le pinchaban la piel. Para los demás, era una cama limpia; para ella, era un lugar lleno de roces que le costaba mucho ignorar.

Durante el día, ella era la «anciana dulce». Sonreía cuando las enfermeras entraban con el carrito de la medicación —un choque de metales que le retumbaba en la cabeza— y asentía cuando le decían que hacía un sol precioso, aunque la luz le resultara un brillo cegador. Había aprendido, desde muy niña, que el mundo hablaba un idioma que ella solo podía imitar, pero nunca hablar del todo.

Al llegar la noche, el miedo regresaba a su lugar de origen: el borde de la cama. Esa estrecha franja de aire que separaba el colchón del suelo era, para ella, la frontera entre lo conocido y el abismo. De niña, sus padres miraban debajo y decían: «No hay nada, pequeña». Pero se equivocaban. Había una densidad, un peso. La cama era la vida, el lugar donde debía esforzarse por encajar, por ser una buena compañera para la persona que la había amado de verdad, aceptando sus silencios y sus rarezas sin preguntar por qué. La cama era el lugar donde tenía que «estar presente». Debajo, en cambio, habitaba lo que no tiene nombre, el silencio que no exige explicaciones.

Ahora, con la respiración volviéndose un hilo fino, se quedó inmóvil. Escuchaba el zumbido de la máquina de oxígeno y el goteo del suero. De repente, la puerta se entreabrió. Dos figuras recortadas por la luz del pasillo susurraban.

—Ya le queda poco —dijo la doctora, revisando los papeles—. Es curioso, ¿sabe? Viendo cómo ha reaccionado siempre a los ruidos y a las luces… es un caso muy claro.

—¿A qué se refiere? —preguntó la enfermera.

—Autismo. Pero de los que antes no se diagnosticaban. Imagina lo que debe haber sido para ella vivir toda la vida sin saber por qué un simple ruido o el roce de la ropa le molestaban tanto. Siempre un poco al margen, siempre protegiéndose de todo.

Al escuchar esa palabra, autismo, algo en el pecho de la anciana se soltó. No fue una tristeza, fue una respuesta. La palabra fue como un suspiro largo que lo explicaba todo: sus miedos, su necesidad de orden, ese vínculo tan hondo y distinto con la persona que compartió su vida. Entonces no era que yo fuera rara, pensó ella con una paz inmensa, ni que fuera cobarde. Solo sentía el mundo con demasiada fuerza.

Esa comprensión iluminó el espacio bajo su cama. Por primera vez en ochenta años, dejó de tensar el cuerpo. Entendió que su miedo a «lo de abajo» no era a un monstruo, sino la intuición de que el descanso de verdad solo llegaría cuando dejara de sostenerse sobre la cama de la vida, esa superficie donde tanto le había costado fingir.

La cama era el esfuerzo de estar viva y de intentar ser lo que otros esperaban. Debajo de la cama estaba la calma de no tener que procesar nada más.

Cerró los ojos. El aire cambió, pero ya no le dio miedo. Con una serenidad que no había sentido nunca, dejó que su mente se deslizara fuera del colchón. Ya no tenía que vigilar sus pies. Ya no tenía que aguantar el ruido del mundo.

Se dejó llevar hacia ese espacio oscuro y tranquilo, no como quien se pierde, sino como quien por fin apaga la luz después de un día demasiado largo.

 

Adriana Nash Ruth


«Relatos desde el corazón autista», la historia de Adriana en primera persona

Durante mucho tiempo, a Adriana le fue difícil encontrar formas de expresar cómo vivía el mundo, cómo sentía las emociones o cómo transitaba la memoria. Sin embargo, tomó clases de escritura y descubrió que, a través de las metáforas, podía contar historias que conectan con su verdad y con la de muchas otras personas. Así nació «Relatos desde el corazón autista», donde narra, desde la intimidad y la sensibilidad, su paso por distintas etapas de la vida. Son relatos breves sobre la infancia, la soledad, la creatividad, la percepción diferente del entorno, los vínculos, la resiliencia o la identidad. 

Con estos relatos, Adriana quiere llegar a:   

  • Mujeres adultas que han vivido en silencio su neurodivergencia o sus emociones. 
  • Personas autistas, para ofrecerles una voz cercana. 
  • Lectores en general, que deseen asomarse con empatía a una vivencia que también es universal. 

Algunos de estos relatos incluyen cuadros de su autoría, integrando palabra e imagen como forma de expresión artística. 

Si quieres, puedes contactar con Adriana en el mail: nashradriana@gmail.com 

 

Autismo España no se hace responsable de las opiniones vertidas que se emitan en esta sección puesto que son de carácter personal, y no necesariamente reflejan la posición de Autismo España.