Compartir

«Seamos personas. Seamos apoyo»

  • Una persona con autismo comparte la historia de una madre que ha decidido sacar a su hija autista del colegio en el que estudia y llevarle a uno de educación especial, ante la falta de apoyos, empatía y formación del profesorado.
Imagen de una mujer y una niña, de espaldas, caminando de la mano por la calle frente a una parada de autobús

Estaba en mi sitio preferido del bus, de pie, junto al voladizo de la rueda delantera cuando, a medio trayecto hacia el trabajo, subió una niña con su madre. La cría se encaramó a esa caja sobre la rueda: su sitio favorito. Su mamá permaneció al lado, haciéndose la distraída, con el rabillo del ojo atento. La nena estaba contenta y daba pequeños chillidos.

Supuse que compartíamos algo. Ya.

Otro día, lo mismo. Empecé a adueñarme de algún asiento delantero para cedérselo a la madre cuando subían en su parada. A veces ella llevaba una camiseta negra con una ficha de puzle. Sonreí a la niña y creí que pasaba de mí, lo que todavía me hizo más gracia, pero un día, muy seria y con cuidado, subió la cremallera de mi cazadora los quince centímetros que faltaban. Estiré el pescuezo para facilitarle la tarea y su madre le hizo notar su atrevimiento, pero sabía que a mí me parecía bien y dijo:

—Es que las cosas a medias no le gustan.

Las presentaciones: Leticia, Fermín y la niña, Vera. Todos inventados, porque quiero contar algo concreto sin señalar. Algo real que es demasiado común cuando hablamos de autismo.

Otro día, un autobusero con más facilidad para opinar en voz alta que para pensar en silencio, muy exigente con el saludo, le dijo a Vera:

—¿Cómo se dice al entraaaaar?

Y su madre replicó:

—No te va a responder a esa pregunta —y me explicó—. Tiene autismo.

—Ya —me moría por decirle que yo también, pero no me atreví—. ¿Podía compararme con ella? Estar dentro del mismo espectro no significa formar piña ni estar todos a una.

No coincidimos mucho en el transporte, pero quise saber a qué colegio iba y me aclaró que los demás niños y niñas la respetaban y la querían. Supuse que poco más era necesario conocer. Pero quedaba algo más. Algo no tan bueno.

Un día, ya por noviembre del 25, coincidí con Leticia a solas en los asientos del fondo y, mirando hacia delante, escuchó algunas de mis experiencias. Me comprendía y se anticipaba a mis razonamientos. ¿Saben lo maravilloso que resulta ser aceptado?

Ahora, lo que nos ocupa: nos encontramos el otro día, ya en enero del 26. Yo en mi hueco, ella al lado. Con la voz algo rota —y no de catarro— me dice:

—Me han agradecido que lleve a Vera a un colegio de educación especial el año que viene.

No podía dar crédito a mis oídos, y me lo aclaró:

—Muchas gracias, MUCHAS GRACIAS por llevártela. Después de casi cuatro años, como si fuese un alivio.

—Entonces, todo este tiempo, han sido falsas.

—Sí. Que va a estar mejor, que no saben qué hacer… pero agarrar el teléfono para que vaya a recogerla, eso rápidamente.

—Vaya —no supe qué decir.

—Y fíjate que les hemos dado formaciones especializadas, que no son baratas.

Le dan las gracias por “quitársela de encima”, muestran su alivio, en lugar de aceptar su fracaso como docentes de apoyo, en lugar de abrirse y aprender. Leticia se plantea incluso sacarla a mitad de curso si fuera preciso.

—Hasta hemos llevado a su terapeuta —psicóloga especializada en autismo que lleva años trabajando con Vera— para que les ayude y van… y la expulsan. Que quién se cree que es para enseñarles su oficio.

¿Debo explicar cuánto conocimiento tiene su terapeuta sobre Vera? ¿No es lógico que esa mujer pueda enseñar cómo tratar a la chiquilla? No lo entiendo. Incluso suponiendo que no fuera de su agrado, siempre tendrían que respetar y aprender todo cuanto pudiera aportar.

A las personas autistas nos falla la empatía, ¿no? Pues aquí estoy describiendo que no supe acompañarla en su dolor. No reaccioné en el momento. Pero si empatía es decirle a una madre algo así, vaya mierda más falsa y carente de inteligencia:

—Es que si llevamos a todos nuestros hijos a centros de educación especial, no habrá trabajo para ellas.

Y Leticia me habla de conseguir un trabajo.

Pregunto: ¿podrías dejar con rapidez lo que estés haciendo en tu empleo para acudir al colegio y recoger a tu hijo porque tiene una crisis y no saben abordarla? ¿Con qué frecuencia?

—Y llega una persona nueva al centro pidiendo un dispositivo de pictogramas para comunicarse con Vera. Cuando ella entiende lo que le dicen con el habla. Que no la entienden y creen que eso lo resuelve.

Añadir, meter en medio un dispositivo que requiere todo un método nuevo para comunicarse —y lo recalco: NUEVO— es un cambio enorme. Obligar a Vera —que me responde con palabras cuando la saludo EN EL BUS y además levanta su pulgar— a usar el aparato porque a otros les funciona tras años de trabajo con él, solo por comodidad docente, me parece otra barbaridad más. Y señalo lo del autobús por ser un entorno de estrés donde todo se vuelve más difícil. Qué queréis. A mí me sabe a
gloria su respuesta allí y en la parada, cuando voy caminando. Vale oro.

Si sumamos a la dificultad para encontrar trabajo la falta de apoyos, de comprensión y el desgaste personal, obtenemos una cifra aproximada —no solo económica, sino emocional— que hay que restar a las familias que cuidan.

Que no se malinterprete: esto no trata del habitual debate entre los muchos colegios ordinarios y los pocos especializados. Esto va de respetar. De ejercer bien la docencia tanto en uno como en otro.

Hablo de una niña que crece. De su trayectoria de años en un colegio concreto, con compañeros concretos que la quieren. De docentes que muestran a Vera y a su madre la puerta de salida con frescura, agradecidas.

Puedo entender muchas circunstancias. Puedo razonar sobre ellas. Es una gran suerte que me ayuda a continuar adelante. Pero es doloroso saber que Leticia no solo lucha contra una sociedad cerrada y con prejuicios —algo que imaginaba lejano—, sino también contra miserias laborales egoístas, injustificables, sin razón e incluso sin humanidad, en un cara a cara real, cercano.

Aunque pueda comprender los mecanismos que llevan a algunas personas a comportarse así, de nuevo me superan. Es una desgracia capaz de robar esperanzas, de minar las fuerzas de las personas más luchadoras.

Por suerte, esta niña tiene unos padres dispuestos a agotar todas las opciones, a buscar y encontrar todas las salidas. Vera no podría tener mejor madre. En mi mente, la niña es vida y su madre magia, pero eso suena escaso, como de cuento.

Leticia demuestra en cada gesto que la fuerza de un ser humano no se construye solo sobre la dureza, sino sobre la capacidad de darlo todo por quien se ama. Con una generosidad tan amplia que abraza, que se entrega de tal forma que desborda mis lágrimas.

No quiero terminar esta carta abierta como una reclamación triste y que, por eso mismo, pase inadvertida.

Quiero deciros que me contagia de esperanza saber que su verdad y su valor, sostenidos con hechos, protegerán y nutrirán la tierra donde esta niña crecerá. Y que todos, TODAS las personas, nos necesitamos.

Seamos personas.
Seamos apoyo.

Carlos