Del reconocimiento a los apoyos: qué aporta el enfoque de la neurodiversidad
- Hablar de neurodiversidad supone reconocer que existen realidades distintas que requieren respuestas específicas, pero que también comparten barreras estructurales en ámbitos como la educación, el empleo, la salud mental, la participación social o la transición a la vida adulta.
- Ser autista implica tener un desarrollo neurológico distinto, con sus características propias dentro de la neurodiversidad, pero tan variables en tipo y grado que puede agrupar a un amplísimo espectro de personas.
En las últimas décadas, el concepto de “neurodiversidad”, que recoge la variabilidad natural del funcionamiento neurológico y cognitivo en la población humana, ha adquirido una creciente presencia en el debate público. Lo mismo ocurre con el de neurodivergencia, que se utiliza para referirse a personas cuyo funcionamiento neurológico, cognitivo, sensorial, comunicativo, atencional, ejecutivo o de aprendizaje difiere significativamente de los patrones considerados normativos (aceptables, deseables, preferibles…). Es decir, que no se trata solo de tener un diagnóstico, sino de presentar una forma de funcionamiento que puede entrar en tensión con entornos diseñados desde parámetros neurotípicos.
Diversas estimaciones internacionales sitúan entre un 10 % y un 15 % de la población dentro de los perfiles asociados a la neurodivergencia (Solano Meneses, E. E. 2025), lo que convierte este ámbito en una cuestión estructural para políticas públicas como educación, empleo o salud. Sin embargo, España carece todavía de marcos de análisis y coordinación que permitan abordar estas realidades de forma transversal. Además, los espacios de coordinación entre colectivos vinculados a la neurodivergencia siguen siendo limitados.
Este enfoque combina, por tanto, el reconocimiento de todos los posibles perfiles del neurodesarrollo con una mirada basada en derechos, apoyos, accesibilidad, participación y eliminación de barreras.
Por ello, hablar de neurodiversidad supone reconocer que existen realidades distintas que requieren respuestas específicas, pero que también comparten barreras estructurales en ámbitos como la educación, el empleo, la salud mental, la participación social o la transición a la vida adulta. Es decir, que no se trata de crear una etiqueta genérica que borre las diferencias, sino de identificar aquellos cambios del sistema que pueden abrir oportunidades reales para muchas personas que hoy siguen encontrando barreras para desarrollar su proyecto de vida en igualdad de condiciones. Incorporando la neurodiversidad como un eje transversal, pasaremos de adoptar medidas puntuales o reactivas a una planificación estructural basada en accesibilidad, apoyos, participación y derechos.
Por ello, el concepto “normal”, entendido como algo mayoritario o típico, puede resultar muy útil en algunos contextos, como el médico, a la hora de diagnosticar, por ejemplo, que alguien tiene hipo o hipertensión. Sin embargo, su uso en el contexto del neurodesarrollo conlleva con frecuencia un estigma, y una reducción excesiva de la diversidad humana que no aporta necesariamente beneficios a quien recibe esa etiqueta. El criterio de “normalidad”, sencillamente, no se puede establecer ni aplicar para calificar la enorme diversidad que caracteriza la sociedad.
Así, la neurodiversidad implica aceptar la existencia de diferentes formas de desarrollo de nuestros cerebros y nuestras mentes, así como de su funcionamiento, independientemente de cómo se desenvuelva cada persona en su contexto. En algunos casos, las dificultades que encuentra una persona que se define como neurodiversa para lograr determinadas metas son consideradas como “discapacidad”. No obstante, esta etiqueta es el resultado de valorar la interacción entre la persona y las barreras que encuentra en entorno, no es una característica definitoria de la persona.
Ser autista implica tener un desarrollo neurológico y un procesamiento cognitivo diferente, con características propias dentro de la neurodiversidad, pero tan variables en tipología y manifestaciones que puede agrupar a un amplísimo espectro de personas. Muchas barreras que experimentan las personas autistas —diagnóstico tardío, falta de ajustes razonables, entornos educativos y laborales poco accesibles, estigma y baja participación social— también afectan a otras personas neurodivergentes. Por ello, hablar de neurodiversidad es hablar de la experiencia y realidad social de una parte significativa de la sociedad.




