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«La fábrica de Elgorriaga»

  • Compartimos una nueva historia de una persona autista que firma bajo el pseudónimo de Fermín Romero de Torres, en el que relata un viaje de infancia, la incomprensión de su familia y la necesidad de ser aceptado tal y como uno es.
Niño jugando con coches en el suelo de su casa

El niño de la foto, sin ser auténtica, soy yo. Es mi cara puesta ahí desde otra foto en la que estaba comiendo cosas de cumpleaños; por eso tengo abierta la boca. Ese día, el del cumple, mi padre encontró curioso que me colocase de espaldas a todos en una silla mientras comía.

Me gusta la foto original, comiendo de espaldas a todos. Porque ese era yo también y me dejaron. Y la de los coches, ya lo imaginaréis. ¿Dinosaurios? No, cochecitos. Montones. Y los ponía en fila india, claro. Como a mi padre eso le fastidiaba, me compró el garaje de Airgam. Así los coches tenían una función diferente. Y la tuvieron. Desde entonces hacían cola para entrar al garaje y él decía:

—¡Noooo! ¡Así no se juega!

Tampoco entendía las horas que me tiraba en el baño con el agua cayendo sobre mis manos hasta quedarse totalmente arrugadas. O que me quedase encerrado en el coche cuando íbamos al campo o de viaje. Hubo tantas cosas que no entendió…

Es extraño. No nos dejan ser como somos. No nos quieren como somos.

Se supone que viajar es alimento pa’l espíritu y la mente.

Entre los borrones de mis viajes, con ocho o diez años, no lo sé, mientras íbamos a Irún, están las gotas en el vidrio del coche, el gris del lluvioso atardecer o la maneta de la ventanilla del 124.

Me pedía el lado de la puerta. Podía pasarme horas viendo, en un punto indeterminado, cómo bajaba, por efecto de la gravedad, el cable de Telefónica para luego subir rápido ante la llegada de otro poste. Tan hipnótico como el pisar del tren sobre las vías. Siempre fui obsesivo; tan hipersensible fuera de lo común como impávido más aún; repetitivo, complicado, sombrío, testarudo, iracundo por dentro, silencioso por fuera, capaz de resistirlo todo o la nada y capaz de colmar la paciencia de cualquiera cuyos nervios no estuvieran a prueba de bombas.

Tratando de que nadie lo notase, cogía entre el índice y el pulgar el saliente de la maneta. Si el coche giraba a la derecha, yo giraba la maneta hacia mí. Si a la izquierda, en sentido opuesto. No creo necesario explicarlo pero, para quien no lo entienda, era igual que si cogías el volante y lo ponías en la puerta. Eso cuando desaparecía el cable telefónico. No me extrañaría haber perdido baba en aquellos telares. Casi me emociono ahora mismo del nostálgico abandono que siento con tan solo recordarlo.

El motor del 124 se escuchaba sin esfuerzo, pero yo lo imitaba acompañando mi conducción, y eso resultaba insoportable para los demás a pesar de mis esfuerzos por hacerlo bajito. Las vibraciones me masajeaban el cerebro.

Viajar hubiera sido solo tristeza o penuria de no ser por mis soluciones magistrales. No entendía por qué mi padre movía a derecha e izquierda el volante circulando por una recta. El día que me subieron a un cochecito de mi tamaño, con volante real y pedales, mi padre no necesitó ir detrás de mí como hacían los demás padres. Pedaleé a toda pastilla moviendo convulsamente el volante a derecha e izquierda. Mi padre voceaba «haz esto o lo otro», gritaba desesperado…, pero ni caso. El circuito era bajar, vuelta de ciento ochenta grados y subir. Fin. Lo completé el primero en una exhalación. Mi padre se disgustó porque eso no era disfrutar. No pude montar una segunda vez. No me lo ofrecieron.

—¿Por qué movías el volante así?

Le miré y no contesté.

Soltó un:

—¡Bah!

Con todo el desprecio del mundo.

¿En serio? ¿Me estás tomando el pelo? ¡¡Era lo que hacías TÚ, joder!! Te hubieras reído conmigo, me hubieras hecho un elogio por llegar el primero… Lo complicado era arruinarme el mejor día de mi corta y estúpida vida. Y… ¿tampoco notaron cuánto disfruté?

Pero íbamos pa’ Irún. Mi padre tenía facilidad para cabrearse rayando lo neurasténico —eso le llamó mi hermana— pero además, en los años de los asesinatos de ETA, proponía soluciones estrambóticas: pedía a gritos encerrarlos en el País Vasco rodeándolos con un muro, llevar allí al ejército y poner tanques por doquier o, si rascabas un poco…

Aunque muchas voces lo aseguraban o auguraban, no salí homosexual. Pero quién sabe. Me encantaban las pinturas de uñas; las envidio todavía. Me iban los juegos de niñas igual que los demás juegos. ¿No es bueno poder jugar a lo que sea?

—¡Mirad, la fábrica de Elgorriaga! —decía mi padre.

Ese paisaje de naves industriales siempre cubiertas de nubes lloronas me deprimía. Comentaban con emoción la industria que había y tal. No entendía su asombro.

«Rain, rain, go away
This is mother’s washing day
Come again another day»

Fue lo primero que aprendí en el colegio, ya en 5.º de E.G.B., y sucedió por primera vez con ilusión y ganas de aprender. No por el profe, Miguel, contador profesional de historias personales, sino por los preciosos símbolos de la pronunciación figurada y el nuevo y extraño idioma que, sin embargo, sonaba tan familiar.

Quizá fuese lo único bueno que aprendí en la escuela: algo de inglés.

Volviendo al viaje, ya en Irún, las cosas no cambiaron demasiado. En la casa de Mendelu el olor era también extraño; abundaban insectos dotados de infectos aguijones, camas de altura descomunal, sobrenatural, inconcebible. Desbordamientos de la regata de Zubimuxu que inundaban la casa de mi abuela… Negrura en todas las paredes… Los techos, todos como cumbres de madera alejadas de suelos de madera. Escaleras de madera, portal troncoso, descansillo común con barandilla y todo de madera. Excepto la cocina. La cocina era de hierro pero… se calentaba quemando carbón vegetal o mineral, supongo.

Mis abuelos no tenían bañera. Dedúzcase, pues, que mi madre se lavaba en un barreño. Sin calor. En cambio tenían retrete propio y no necesitaban salir corriendo al exterior con la voluble y común necesidad de vaciar la vejiga o los intestinos.

Pero Mendelu, barrio ahora tan nombrado en Hondarribia, tenía una cosa buena. Si te asomabas a la ventana veías la calle de cerca y, cuando hacía sol, el verde que traía tanta agua de lluvia era hermoso.

Salías por la puerta de casa y estabas en la calle, pisando tierra, sintiendo nuevas sensaciones. Un placer que me cuesta mucho aceptar de antemano, ya desde chiquito. Me niego a todo viaje, a todo cambio o novedad, pero luego…, en ocasiones, reconozco alguna de sus ventajas.

Déjennos pues, ser como somos. Auténticas. Dejen que seamos niñas como Vega, una fiesta total, una maravilla.

Todas podemos aprender de su mamá Alicia y de su papá. ¿El qué? Sencillo:

Amor, respeto, capacidad y humanidad para comprender y ayudar a quienes, en ocasiones, de veras lo necesitamos.

 

Publicado bajo el pseudónimo de Fermín Romero de Torres.

 

Autismo España no se hace responsable de las opiniones vertidas que se emitan en esta sección puesto que son de carácter personal, y no necesariamente reflejan la posición de Autismo España.