«La niña que fui»
- Sandra comparte el impacto que ha tenido en su vida crecer sin un diagnóstico de autismo ni los apoyos que necesitaba.
—¿Duele recibir un diagnóstico de autismo?
—Para nada, en mi caso fue un alivio. Por fin pude poner nombre a lo que me pasaba, a esa incomprensión, a esa sensación de sentirme diferente y no encajar en la vida. Gracias a ello me pude quitar la culpa de encima.
Aquello es lo que siempre respondo cuando me preguntan. Y es cierto, de verdad que fue lo mejor que me pudo pasar. Sin embargo, no todo son sentimientos positivos. Llegó veinticinco años tarde.
Duele ir a mis recuerdos, ver a esa niña que fui me hace sentir enfado.
Me dan ganas de gritar a todo mi entorno, acusarles de no verlo. ¡Estaba muy claro, todos mis comportamientos tenían las letras de la palabra AUTISMO en grande! Problemas alimenticios, estereotipias, intereses restringidos, problemas para socializar, comportamientos repetitivos, resistencia a los cambios, mutismo, hipersensibilidad… Y en vez de nombrar aquello bajo el nombre de una neurodivergencia y aceptar mi diferencia, ¡me regañaban!
Crecí incomprendida. ¿El problema era yo? Ahí es cuando la rabia da paso a la frustración. Demasiado sensible, rara, infantil, exagerada, tímida, malhumorada, solitaria, callada, de gustos extraños, aburrida… Etiquetas que me acompañaron injustamente en mi infancia y adolescencia. Todos veían que me pasaba algo, pero nadie me puso la verdadera etiqueta. Si lo hubiera sabido antes…
Si lo hubiera sabido antes no me hubiera llegado a creer todo lo que me decían, no hubiera crecido con culpa. Porque si siempre me pasaba, con todo el mundo, en todos lados, estaba claro que el problema era yo. Que era tonta, que no me esforzaba lo suficiente, que me alejaba yo sola, que exageraba…
Y todo ello lleva a la tristeza. Ver a esa niña, a esa adolescente, pasando por cosas que no tendría que pasar, intentando sobrevivir al mundo como podía, me dan ganas de llorar. No lloré cuando me confirmaron que era autista, las lágrimas que vinieron meses después fue por esa pequeña.
Me dolió ir a mis recuerdos y verlo todo tan claro. Y a día de hoy me sigue doliendo porque, ¿cómo hubiera sido mi vida si me hubieran dicho que era autista desde pequeña?
Hubiera tenido menos juicios, menos etiquetas que creerme. Me hubieran ayudado, no me hubiera pasado los años en modo supervivencia. Hubiera recibido el apoyo y comprensión que necesitaba. Pero, sobre todo, no hubiera caído por el precipicio. No se hubiera desmoronado toda mi vida a los veinte impidiendo llegar a las metas que quería alcanzar.
Vivir por encima de tus límites tiene un coste que aún a día de hoy sigo pagando. Años de bloqueo mientras el resto del mundo seguía con su vida. Apenas estoy empezando a escalar ese precipicio, ahora con ayuda y sabiendo bien quién soy, pero con las manos desgastadas que no aguantan lo mismo que antes, que me hacen resbalar de vez en cuando, que me duelen con cada impulso.
Mi fuerza es este dolor. Mi meta… Que más niñas y personitas autistas no pasen por lo que sufrí yo.
Sandra A. Sesma





